viernes, 26 de octubre de 2012

Función de cada uno de los componentes de la sangre



Cuando comemos y respiramos podemos adquirir nutrientes y oxígeno, indispensables para mantener con vida a nuestras células. Sin embargo, surge un gran problema: ¿cómo hacer para que el oxígeno y los nutrientes lleguen a todas las células, por ejemplo, a las que se encuentran en la punta del dedo gordo de mi pie derecho? La respuesta a ello es que dentro de cada organismo existe una especie de canales de distribución, un río interno (como lo llamara el escritor y bioquímico soviético Isaac Asimov) que viaja a todo el cuerpo y que llega a todos los rincones de nuestro organismo, sin dejar fuera a ninguna célula por apartada que se encuentre. 
Cuando comemos y respiramos podemos adquirir nutrientes y oxígeno, indispensables para mantener con vida a nuestras células. Sin embargo, surge un gran problema: ¿cómo hacer para que el oxígeno y los nutrientes lleguen a todas las células, por ejemplo, a las que se encuentran en la punta del dedo gordo de mi pie derecho? La respuesta a ello es que dentro de cada organismo existe una especie de canales de distribución, un río interno (como lo llamara el escritor y bioquímico soviético Isaac Asimov) que viaja a todo el cuerpo y que llega a todos los rincones de nuestro organismo, sin dejar fuera a ninguna célula por apartada que se encuentre.

Este río interno es propulsado por el corazón para distribuir equitativamente el alimento a todas las células del cuerpo. El sistema circulatorio abarca muchas funciones: distribuir oxígeno y nutrientes a todo el organismo, llevar dióxido de carbono a los pulmones, transportar sustancias tóxicas y de desecho hacia los riñones, distribuir hormonas y vitaminas adonde hagan falta, y regular la temperatura. Por si fuera poco, posee células de defensa que destruyen cualquier partícula, virus o bacteria que entre al cuerpo.

Función de cada uno de los componentes de la sangre
En general, la composición de la sangre es muy similar en todos los vertebrados, asi que analiza-remos la del ser humano, como representante de todos ellos. Una persona tiene un promedio de cinco litros de sangre, de la cual 60% es un líquido amarillento llamado plasma El plasma contiene principalmente agua, pero también transporta sustancias como iones, proteínas, enzimas, grasas, colesterol, hormonas y vitaminas
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Cuando comemos y respiramos podemos adquirir nutrientes y oxígeno, indispensables para mantener con vida a nuestras células. Sin embargo, surge un gran problema: ¿cómo hacer para que el oxígeno y los nutrientes lleguen a todas las células, por ejemplo, a las que se encuentran en la punta del dedo gordo de mi pie derecho? La respuesta a ello es que dentro de cada organismo existe una especie de canales de distribución, un río interno (como lo llamara el escritor y bioquímico soviético Isaac Asimov) que viaja a todo el cuerpo y que llega a todos los rincones de nuestro organismo, sin dejar fuera a ninguna célula por apartada que se encuentre.
El volumen restante de la sangre (40%) está formado por células. De éstas, las más abundantes son los eritrocitos o glóbulos rojos, que son en forma de disco y están especializadas en transportar oxígeno. En un milímetro cúbico de sangre hay aproximadamente cinco millones de eritrocitos. El componente principal en un eritrocito es la hemoglobina, proteína que le da su característico color rojo y que tiene la capacidad de incorporar el oxígeno, y convertirse en oxihemoglobina. Cuando el eritrocito atraviesa por lugares de baja concentración de oxígeno, la hemoglobina libera el oxígeno y puede incorporar el dióxido de carbono, convirtiéndose en carboxihemoglobina. En este caso, el color que toma el eritrocito será rojo muy oscuro. Los eritrocitos de los mamíferos son diferentes a los de todos los demás vertebrados, debido a que carecen de núcleo. Esto facilita que tengan una mayor concentración de hemoglobina, pero impide que se reparen a sí mismos o que se reproduzcan, así que viven unos 120 días y son reemplazados por nuevos eritrocitos que se producen en la médula ósea. La sangre también contiene glóbulos blancos o leucocitos. Éstos son más grandes y menos numerosos que los eritrocitos. Hay de seis mil a nueve mil por milímetro cúbico de sangre. Los leucocitos sí tienen núcleo y desempeñan un papel muy importante en la defensa del organismo contra microorganismos invasores. Se encuentran varios tipos de leucocitos: Granulocitos. Contienen muchos gránulos en su citoplasma. Su núcleo es irregular y su función es fagocitar bacterias y otras sustancias extrañas. De acuerdo a la forma en que responden a las tinciones, se les clasifica como neutrófilos, eosinófilos y basófilos. Monocitos. Tienen un núcleo grande y también fagocitan las bacterias. Responden lentamente, pero pueden destruir más bacterias que los granulocitos. Pueden salir de la circulación y convertirse en macrófagos. Linfocitos. Producen anticuerpos para combatir elementos extraños. Son muy importantes porque participan en la respuesta inmune. Cabe mencionar que el VIH es un virus que ataca los linfocitos y los inutiliza Por esta razón, causa el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida). 

Las personas que padecen sida dejan de producir anticuerpos, por lo que cualquier enfermedad o infección que les ataque puede ser mortal, ya que no tienen defensas para combatirla. Las plaquetas son fragmentos de células más grandes que participan en los procesos de coagulación de la sangre. Se originan a partir de células de la médula ósea, llamadas megacariocitos. Son fragmentos de su citoplasma, que se desprenden de él, carecen de núcleo y viven solamente de unos 10 a 12 días. Hay unas 300 000 por milímetro cúbico de sangre. Cuando se produce una herida, las plaque-tas detectan que hay una superficie irregular en el vaso sanguíneo dañado e inmediatamente lo bloquean e impiden una pérdida mayor de sangre.



Las arterias llevan sangre oxigenada, de color rojo claro, a los tejidos. La aorta se subdivide en arterias cada vez más angostas, las arteriales, distribuidas por todo el cuerpo. Como viajeros a bordo de nuestra gota de sangre, vemos que hemos pasado de un ancho y caudaloso río a pequeños arroyos, cada vez más angostos. Los vasos por los que viajamos llegan a ser tan delgados como un cabello y se llaman vasos capilares. En estos vasos los eritrocitos sólo pueden pasar de uno en uno, lo que les permite estar muy cerca de los tejidos y realizar el intercambio de gases. Liberan oxígeno hacia las células y absorben el dióxido de carbono que ellas han producido por la respiración celular


No hay tejido en el cuerpo, por lejano o profundo que esté, que no tenga cerca un vaso capilar. Si se llega a interrumpir la circulación en algún o algunos vasos capilares, las células de la zona mueren por falta de oxígeno. Esto es lo que sucede cuando, por ejemplo, se produce un coágulo que bloquea la circulación. Una vez realizada la entrega de oxígeno, continuamos nuestro camino por la circulación. Los vasos capilares comienzan a hacerse cada vez más gruesos, y se dirigen de nuevo al corazón. Mora se han convertido en vénulas y después, al hacerse más anchas, en venas que transportan sangre desoxigenada, cargada de dióxido de carbono, por lo que adquiere un color rojo oscuro, casi negro. Llegamos al corazón a través de la vena cava, que es muy ancha. Entramos a la aurícula derecha y bajamos hacia el ventrículo derecho, de donde seremos enviados con fuerza hacia los pulmones. En los pulmones, la sangre tiene la oportunidad de oxigenarse porque los alveolos están llenos de oxígeno que intercambian por dióxido de carbono con los eritrocitos. Una vez oxigenada, la sangre sale del pulmón y se dirige de nuevo hacia el corazón, entrando por la aurícula izquierda. Ahora la sangre está lista para volver a ser enviada a todo el cuerpo, así que pasa hacia el ventrículo izquierdo para iniciar de nuevo su recorrido. Nuestro viaje ha concluido.